Hay un momento en que una mujer deja de saber exactamente de qué está enfadada.
Porque no es una sola cosa.
No es el plato que alguien dejó sobre la mesa.
No es que haya que recordar otra vez lo que falta.
No es tener que preguntar quién ha comido, quién no, qué necesita cada uno.
No es preparar la comida, recoger, organizar la casa, atender a los animales, acordarse de una cita, resolver un imprevisto o llegar corriendo a todo.
Es la suma.
Es terminar de cocinar y, aun entonces, no haber terminado.
Porque después te sientas a la mesa y sigues trabajando.
Miras.
¿Están comiendo?
¿Les ha gustado?
¿Están a gusto?
¿Necesitan algo?
¿Hay suficiente?
¿Falta pan?
¿Falta agua?
Y de pronto una voz dentro de ti dice:
Deja de vigilarlos.
Que se espabilen.
Y casi sorprende descubrir que puedes hacerlo.
Que los demás pueden servirse agua.
Pueden decir que necesitan algo.
Pueden resolver.
Pueden responsabilizarse de sí mismos.
Pero llevamos tanto tiempo anticipándonos que a veces seguimos cuidando incluso cuando nadie nos lo ha pedido.
Y a veces nadie lo pide porque se ha acostumbrado a que alguien ya esté pendiente.
A que alguien lo vea.
Lo recuerde.
Lo prepare.
Lo resuelva.
Y eso también cansa.
Cansa ser la memoria de la casa.
Cansa ser quien ve lo que falta antes de que falte.
Cansa organizar, prever, recordar, sostener y después escuchar que «tampoco es para tanto».
Porque muchas veces lo agotador no es hacer una cosa.
Es tenerlas todas abiertas en la cabeza al mismo tiempo.
Y entonces un día contestamos mal.
Nos irritamos.
Decimos «ya está bien».
Y parece que el problema es nuestro carácter.
Que estamos susceptibles.
Que exageramos.
Que estamos de mal humor.
Pero quizá habría que hacer otra pregunta:
¿Cuánto tiempo lleva esa mujer cansada?
Porque puede que no esté enfadada por el vaso que quedó encima de la mesa.
Puede que esté cansada de ser quien ve el vaso.
De ser quien sabe dónde guardarlo.
De ser quien piensa que debería recogerlo.
De ser quien finalmente se levanta y lo recoge mientras los demás ni siquiera han advertido que estaba allí.
Y no, tampoco se trata de dejar de cuidar.
Yo quiero cuidar.
Hay amor en muchas de las cosas que hago por quienes quiero. No quiero convertirme en alguien indiferente para sentirme libre.
Lo que ya no quiero es que cuidar signifique desaparecer yo.
Quiero poder preparar una comida con amor y después sentarme a comerla.
Y si los demás terminan antes que yo, que esperen.
Quiero terminar mi plato caliente.
Quiero participar de la conversación.
Quiero ser también una de las personas invitadas a disfrutar de esa mesa, aunque la mesa esté en mi propia casa.
Sin vigilar.
Sin comprobar.
Sin anticiparme.
Sin sentir que el bienestar de todos los que están alrededor continúa siendo responsabilidad mía.
Quizá una parte de aprender a cuidarme sea precisamente esta:
Terminar una tarea y aceptar que ha terminado.
Sentarme.
Comer.
Disfrutar.
Y permitir que los demás también sean adultos capaces de mirar, preguntar, levantarse, servirse, recoger y resolver.
Porque tampoco quiero llegar al final del día habiéndome gastado entera.
Quiero que todavía quede algo de mí para mí.
Un rato para leer.
Para pensar.
Para reírme.
Para jugar.
Para repasar el día.
O simplemente para no hacer nada.
Estar cansada después de un día vivido es una cosa.
Sentir que no queda nada de mí cuando el día termina es otra.
Y quizá ese sea también un límite que necesitamos aprender a reconocer.
Porque no necesitamos que alguien venga a decirnos que controlemos nuestro carácter.
A veces necesitamos algo muchísimo más sencillo:
Que alguien más vea el vaso.
Que alguien más piense en la comida.
Que alguien más pregunte:
«¿Tú estás bien? ¿Necesitas algo?»
No estamos enfadadas.
Estamos cansadas.
Y quizá ha llegado el momento de dejar de demostrar cuánto somos capaces de sostener…
y empezar a preguntarnos cuánto de todo eso realmente nos corresponde sostener.

Me a encantado, me representa tanto.. gracias por este escrito
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